lunes, 10 de abril de 2017

El saco café


Uno podría pensar que en este tipo de fiestas sería difícil que contemplaran en el presupuesto una tambora en vivo, pero, así como el mole con arroz, cientos de cartones de cervezas y la cantidad de invitados, la sorpresa está en que la abundancia de la pobreza nunca cuenta en plazos la deuda a pagar.
- Pues sí, esto va a salir en un ojo de la cara Ramirito, pero lo vale. Por fin le llega algo bueno a tu primo Emilio. -
Yo había dejado de convivir con mi primo desde que teníamos 12 años y aún vivía en Zacatecas. Mis padres me comentaron que en los días que estaríamos visitando a la abuela se iba a hacer una fiesta de despedida a Emilio, que por fin había conseguido trabajo en Estados Unidos de forma legal. – Ya se lo merece. Se lo debe la vida. – mencionaba mi padre en carretera antes de que nos contara por todos los menesteres por los que había pasado el primo hasta su ahora “buena fortuna”.
- Su mamá, como ya sabes, murió poco después de que nos vinimos a vivir a la Ciudad de México. No sé si fue una buena o una mala muerte, pero fue súbita. ¿Te acuerdas que te contamos?, un día tenía una gripita y a los dos días le pegó la neumonía. Yo creo que si hubieran tenido un buen servicio de salud la habría librado, pero no llegó a la semana. Poco tiempo después, mi cuñado, por haber perdido a su esposa se tiró a la bebida y permaneció con la mente nublada hasta que perdió el negocio familiar y tuvo que empeñar hasta el alma para no perder siquiera la casa en la que había muerto mi hermana. Tu primo, que en esa época era un crío no pudo continuar normalmente con sus estudios y tocaba su guitarrita afuera de la cantina donde bebía su padre para recoger unos cuantos pesitos para que no muriera de hambre. A su padre le llegó la conciencia ya tarde, cuando Emilio ya le hacía al chemo y por tradición familiar a la caguama.
 Varias veces, de adolescente, amaneció tirado en las calles y sus disque amigos empezaron a notar que estaba muy amarillo y que se desmayaba muy seguido. Fue ahí donde le encontraron que estaba enfermo de los riñones y que las piedras que pensaba que tenía en realidad eran unos tumores bastante grandes. Le quitaron uno de los riñones y fue debido a su viacrucis de salud, que su papá tuvo que vender la casa, pues era lo que quedaba. Es por eso que ahora viven con tu abuela. Se podría pensar que ahí se le iba a acabar lo salado, pero a unos les toca saber a mar. Saliendo de su enfermedad decidió rehacer su vida, pues claro, la vio cerquita y que se topa con la Lorena. Se enamora de la pinche chamaca piruja esa y… -
- ¡Conrado! – interrumpió mi madre.
- Bueno bueno. La niña esa lo enculó hasta decir basta y que se embaraza. Para algunas familias lo que se presume como bendición no es más que un tehuacanazo de realidad. Que le nacen gemelos y ahí va tu tío de pendejo a hacerle caso a la mocha de la madre de la Lorena y lo casa a la fuerza a los 18, porque no fuera a ser que los recién nacidos le reclamaran algo después. Que se mete de mecánico para mantener a la abundante familia y en el bautizo de los niños lo hago entrar en razón y le digo que estudie la preparatoria, aunque sea abierta, que no se haga hûey. Total, que quién sabe qué lo iluminó y se pone a estudiar. La pendeja de la Lorena que por falta de tiempo y no sé qué le pone el cuerno con el hijo de un diputado y lo deja. Se lleva a los niños y tengo entendido que ahora viven en una casota y le dicen papá al politiquillo de cuarta.
Por segunda ocasión, se le olvida que tiene una salud que cuidar, o no, a lo mejor ya quería morirse para ese entonces, y se tira otra vez a la bebida. Un día saliendo de una de sus borracheras lo agarran unos judiciales y le inventan no sé qué madres de que formaba parte del cártel de drogas de la zona y lo entamban dos años hasta que se demuestra que era inocente. En ese tiempo, estudió inglés. Cuando salió de la cárcel don Peregrino, el contador, se apiada de él y lo mete de su asistente. Empieza a ganar unos centavos, mismos que la Lorena le exige para que dé manutención a los gemelos. ¡Vieja puta!
- ¡Conrado! – dijo mi madre acompañando su queja con un manotazo en el hombro.
- Ahí lo podías ver con sus pantalones rotos, sucios, los zapatos regalados, en vez de una agujeta tenía un pedazo improvisado de carrizo. Sus camisas deslavadas, con la tela podrida. Hace unos días le hablaron de un trabajo en los Estados Unidos, que para una fábrica donde tienen cupo limitado de puestos. Le dijeron que se presente la próxima semana o ya no hay chance. Ahí ves a Emilio corriendo a sacar su pasaporte y luego haciendo cita para la visa. Estuvieron a punto de negársela, pero le habían dado un papel para que le dieran permiso. Así que el idiota de su padre se endeudó hasta las manitas para poder hacerle una despedida. No lo juzgo. Ya se merecía algo el infeliz. -
Mi hermano y yo volteamos a vernos en el coche, como en complicidad, argumentando en el mutismo lo afortunados que hemos sido al terminar una licenciatura en una escuela de paga en la gran ciudad capital.
En la fiesta la tambora y las cervezas amenizaban el porvenir de Emilio, el primo “ya merito”, el que de niño jugaba al futbol con nosotros y que la vida decidió torturarlo por años hasta que le regaló una oportunidad.
Ya entrada la noche y con la mayoría de los invitados perdidos en el alcohol, se hizo presente el destino. De pronto, la gente comenzó a buscar algo. Por debajo de las mesas, por encima, movían sillas, corrían de un lado a otro. En sus rostros se leía la desgracia. Un músico de la tambora prestó un micrófono a Emilio:
- Por favor ayúdenme a buscar mi saco. Uno café con cuadritos, viejo, sucio. Tiene una solapa rota, no le sirve a nadie ¡por piedad! En una de las bolsas está mi pasaporte y salgo mañana. –
Nunca me había puesto a buscar un saco como quien pierde un boleto de lotería. Como si la vida de alguien dependiera de ello. Cuando apareció el alba, el escenario se llenó de desconcierto. El padre de Emilio, ahogado en alcohol lloraba como un niño y mi primo, abrazándolo como quien ha muerto muchas veces lo consolaba: - Todo está bien papá. Todo está bien. –

César Baqueiro

lunes, 3 de abril de 2017

16:32



La entrevista a la afamada actriz y diva (mote que siempre le causaba risa) de los años 50 se concertó en una habitación del Hotel Pompidou en el centro histórico de la ciudad. Este escenario fastuoso serviría como una suerte de homenaje a las costumbres de antaño, para figurar en un terreno elegante que se rindiera a los pies de una dama cuyo porte se había pintado en blanco y negro en las pantallas de cine.
Jorge, el entrevistador, acomodaba su corbata de seda mientras leía las preguntas que había planeado de forma meticulosa para que aparecieran en su columna dominical. Dispuso que su asistente, Eugenia, pidiera té Earl Grey, limón y azúcar en cubos ya que había leído que la actriz acostumbraba pasar las tardes bebiendo té en compañía de su gato blanco, y respondiendo a las cartas que sus seguidores le seguían enviando para agradecer su presencia en las ensoñaciones de pantalla con las que se habían deleitado.
A las 16:30 en punto tocaron a la puerta. Jorge confirmó entonces la puntualidad de la diva mientras se levantaba, daba la señal a Eugenia de abrir la puerta y acomodaba de pie, frente al espejo, un rizo traicionero que había decidido no hacerle ver con la seriedad que el evento ameritaba.
Nunca supo si al abrirse la puerta la iluminación caía en una gracia divina o por la misma admiración que le profería hubiera visto a la mujer de las películas rodeada por un aura celestial.
Entró entonces a la habitación cubierta con joyas de diseñador y un abrigo de piel por demás ostentoso y a la última moda. Impregnó el ambiente con su perfume dulce, floral. Erguida, delgada, con el cabello suelto, castaño y brillante, sin muestra alguna del paso de los años. Sus ojos parecían amenazar y al mismo tiempo daban ganas de quedarse a vivir en ellos.
- Buenas tardes Sofia, adelante. Jorge Iris, un servidor. – Ella extendió la mano y Jorge no sabía si tomarla o besarla. Comenzó a quitarse el abrigo para entregarlo a una pequeña mujer con cara severa mientras observaba la habitación de arriba a abajo.
- Encantada Jorge. ¡Vaya! Mandaste traer orquídeas y ¿té Earl Grey?, me siento halagada. Espero no te moleste la presencia de Martina, mi asistente. Me acompaña a todas partes. -
- No, para nada, usted puede…
- ¿Y tú quién eres querida?
- Una disculpa señora, ella es Eugenia.
- Pues entonces estamos a mano. Cada quien trae a su observadora.
Jorge reía como quien fracasa en ocultar su nerviosismo. La invitó a sentarse, presionó el botón de la grabadora frente a él y sacó su pluma fuente y una libreta negra.
- Cuando guste comenzamos.
- Yo siempre estoy lista querido. Aparte has apretado el botón del aparato ese como si ya hubieras dado pie a que inicie la función. Pero bien, antes de que preguntes cualquier cosa, ¿qué pretendes con esta entrevista?, ya me han hecho tantas…
- Sin afán de sonar como un soberbio, me gustaría narrar su vida con mi tinta y su voz.
- Muy bien querido. Antes de que empecemos, veo que has hecho de todo para halagarme. Las flores, el té, tu bonita corbata de seda y hasta escribirás con una Mont Blanc Ellegance. ¿Me permites observarla?, hace mucho que no he tenido el gusto de tener una en mis manos y me llama la atención que un jovencito como tú sea dueño de una. Habrán cambiado mucho los sueldos de los periodistas a últimas fechas.
Jorge palideció y comenzó a sudar mientras acercaba la pluma a la gran actriz. Sofía la tomó con su mano derecha, la acercó a su rostro y después la colocó en su palma, que movió de arriba a abajo, como pesándola. La colocó en la mesita frente a ella y se levantó como un resorte.
-       Martina, el abrigo. Creo que entiendes querido que tendré que retirarme. Agradezco las molestias que te tomaste. Será en otro momento.
-       Pero Sofía…
Eugenia notó la mirada inquisidora de la actriz antes de que cerrara la puerta tras de sí. Jorge se derribó en el asiento, ocultando su rostro, avergonzado.
-       ¿Qué acaba de pasar, Jorge? No entiendo nada.
-       ¡Ay Eugenia! Cometí el error de decirle que quería narrar su vida con mi tinta y su voz.
-       ¿Y?
-       ¿Qué credibilidad puede tener mi tinta si es una pluma pirata?



lunes, 13 de febrero de 2017

Talco


El cielo naranja levanta la sospecha de que acaba el día laboral. Me pregunto si los perros se han puesto territoriales como en días previos. Es que llegar a casa y ver charcos y mierda se ha convertido en un rutinario desperfecto al momento de querer descansar. Igual, si espero unos minutos o me preparo otro café podré intuir que Luis ha llegado antes que yo y se ha hecho cargo de la monserga. Ojalá le dé por experimentar italiano y me espere un buen plato de pasta. Ya me lo sé de memoria. Seguramente en la oficina le volvieron a decir que su trabajo no vale para nada y se le antojó reconfortar el estómago para que no pase un día entero maldiciendo su quehacer cotidiano. Ya mañana, a primera hora correrá hasta el hartazgo tan solo levante el alba para que no se guarde en el cuerpo el antojo. Si, ya me lo sé de memoria. Es fin de mes. No tendrá más que hacer que llegar, limpiar la casa, pasear a los perros y esperar a que llegue mientras hace la pasta. Ojalá se le ocurra que el día estuvo bastante pesado y abra una botella de tinto. No de los buenos para la familia o de los regulares para los amigos. Un vino “de casa”. Que lo abra y me invite una copa. Que copa tras copa nos lleve al deseo y nos encerremos unos minutos para deshojarnos, sacudir los ánimos de erotismo, voltear las cuencas de los ojos y humedecer la ansiedad en un baño de agua tibia.
Se ven por la ventana los tonos morados y la luna. He dado el tiempo suficiente para que el otro se haga cargo de lo que nos toca a ambos. Me pongo el saco y salgo del estudio. ¡Luis le pone demasiadas hiervas a la salsa!, mejor le mando un mensaje le digo que yo me encargo de eso, que mejor vaya a comprar pan. Bajo al estacionamiento “Buenas noches Don Mariano” y mejor arranco para que no le dé tiempo de recordarme que le debo lo del mantenimiento. Hay poco tráfico. Las estaciones de radio suenan todas a ruido. “Buenas noches Alicia” le digo a la vecina que seguro fue a comprar algo a la papelería de última hora. Esos niños ya podrían hacerse cargo de sus tareas, pero le dejan todo a su madre y ella siempre quejándose de todo. “Acabo de ver a Luisa. Me dijo que le habías encargado que comprará el pan, pero me dijo que si te veía te dijera que por favor lo compres tu porque anda durmiendo a los niños” me dice la muy astuta. Haré como que no oí que se refirió a Luis como Luisa y mejor me lo guardo para la cena. Seguramente reiremos del lapsus homofóbico de la vecina metiche. ¡Vaya osadía decirles a mis perros “los niños”! y qué los tiene que dormir… A menos que se refiera a que Luis los va a matar porque ya lo sacaron de quicio, no tiene sentido alguno.
Entro a casa. Ya va rara la cosa. ¿Flores en la mesa?, no corren los perros a saludarme y ¿por qué huele a talco? Tropiezo con un juguete que con el movimiento prende y apaga foquitos de colores y entona una musiquita estridente. Del pasillo a los lejos, una voz de mujer imperante medio me grita, medio susurra: “no hagas mucho ruido que ya se están durmiendo”. “¿¡Que ya se están durmiendo quienes!?”
No, no me equivoqué de apartamento. Los muebles son los mismos pero el aroma es distinto. Huele a talco y a verdura hervida. Huele a rosas y a crayones de colores. Dejo caer lentamente la mochila y voy a la cocina por un cuchillo. El corazón me retumba al pensar que una mujer que perdió la razón se ha apoderado de mi casa. En la puerta del congelador hay imanes de colores y unos dibujos de humanoides donde dice mamá y papá con caligrafía de artrítico. Me retumba de nuevo el corazón al pensar que he perdido la razón y que he entrado a apoderarme de una casa que no es la mía. Los cajones de la cocina tienen puestos unos ridículos plastiquitos de seguridad para que no se puedan abrir con facilidad. Tomo un cuchillo. Entra la mujer a la cocina. Me da un beso en la mejilla con una naturalidad escalofriante. “A ver Alonso, no puedo hacerlo todo. O duermo a los niños o voy por el pan. Aparte no sé para qué quieres pan si estamos a dieta. ¿Por qué llegaste tan tarde?, no me chingues, luego te quejas que no convives mucho con los niños y no sé qué. Sofi todavía está medio despierta, si quieres dale las buenas noches antes de que se duerma bien. ¡Ah! Porfa no le prendas la luz porque Jorgito se puede despertar. Le voy a hablar a mi mamá porque no le he dicho de la cena de mañana y tiene que venir a cuidarlos. Alonso…Alonso. ¡Muévete mi vida! Estas muy raro. ¿Bueno? Hola Ma…”
Mi respiración augura un ataque de pánico y esta mujer compromete cualquier indicio de cordura. No le voy a hablar hasta que cuelgue. Voy al “cuarto de los niños” o al que siempre me he referido como “el de la tele”. Entro y en la penumbra puedo distinguir una cuna y una cama individual. Hay un foquito rosa que apenas ilumina el rostro de una niña hermosa que voltea a verme y sonríe. Me hace una seña de que guarde silencio y después estira los brazos. Yo le sigo la corriente. Me abraza del cuello. Ella es la que huele un poco a talco. Tiene puesta un pijama rosa de franela y su pelo se siente húmedo y huele a frutas. “Hola papi” me susurra. “Hola” contesto mientras la observo de arriba abajo. No entiendo nada. “Es hora de dormir” le digo como poseído por un extraño conformismo con lo surreal. “Tú no eres mi papá” me dice, “tú no eres mi hija” contesto, y ella me da la espalda, se cubre con la cobija y duerme. La niña sabe lo mismo que yo, sabe cuál es la realidad en este hoyo negro en el que me he metido por accidente. La mujer se unta crema en las piernas en la recamara principal. “Te ves estresado. No me dio tiempo de hacer de cenar, pero si quieres hay jamón para un sándwich. Cuando termines de cenar yo te quito el estrés” me dice mientras sonríe y alza las cejas dos veces como si me hiciera cómplice de su vulgaridad. Las ganas de cenar se me acabaron. ¿Será hoy el día en que tenga que saber al tacto los secretos que reserva el sexo de una mujer?
No entiendo qué pasó o qué lección he de aprender. Solo sé que eso del destino es un azar con púas. Nunca imaginé que desear ser lo que todos son se sintiera tan frío, oliera a talco y en su aparente hermosura no pudiera perderme en Luis.
 febrero de 2017


martes, 24 de enero de 2017

En urgencia de confesión


Carmen consternada se abanica el aire caliente, sentada en la mesedora en la entrada de su casa, como todas las tardes, aunque ahora leía con avidez, el boletin del pueblo:
El día de ayer a las 15:30 hrs, la policia municipal encontró en Llano Claro a dos sospechosos que se presumen responsables de la masacre ocurrida el pasado sábado en la casa habitación del clérigo de Puente Chico. La fuerza policiaca se vió en la necesidad de frenar con mano dura a la multitud que pretendía linchar a golpes a los presuntos culpables del asesinato del cura Teodoncio Miranda y su monaguillo Laureano Rosales. Los detenidos han rendido su declaración y se espera pronta resolución en juicio. Una multitud enardecida en Puente Chico espera la sentencia en las afueras del Palacio Municipal.
Deja el boletín a un lado y bebe agua de guayaba; levantando la vista al cielo y mueve la cabeza de lado a lado ante lo atroz de la lectura. Todos en el pueblo habian perdido el sueño ante semejante atrocidad. Si bien, Puente Chico tenía fama de haber sido tierra de matones, jamás en su historia se había cometido una ofensa similar. Había sido un crimen con saña, con desparpajo, con voluntad de terrorismo. Se comentaba que el sábado en la madrugada habían entrado a la casa clerical para robar algunas joyas y el dinero de las limosnas. Lo que nadie podia entender era el dolo con el que los asesinos (se argumentaba que era mas de uno por la fuerza y planeación de los impactos) habían decidido, por ambición, satanismo o inconformidad, acuchillar como cerdos a los representantes de Dios en el pueblo.

Carmen escucha a lo lejos los gritos de los parroquianos exigiendo justicia. Levanta la mirada y a lo lejos ve cómo Sagrario, su comadre, se dirige hacia ella vestida de luto, impecable, levantando el paso como si huyera de algo o alguien.
- Ay comadre, vengo corre y corre. – menciona con su típica voz de angustia engolada, Sagrario.
- Si ya vi comadre. Yo estaba aqui leyendo esto de lo que pasó el sábado. Todavía no lo puedo creer. Es que no hay humanidad. Viera todo esto mi mamacita, que en paz descanse y se vuelve a morir. –
La comadre baja la mirada mientras se abanica. Para ella, la tragedia fue un golpe de incalculable sufrimiento. La pobrecita era quien les hacía de comer todos los días.
- Oiga comadre. Vamos adentro. Vengo a platicar con usted pero me da desconfianza acá afuera. Ya todo me da desconfianza.
Carmen y Sagrario entran y cierran el portón. Así, con las ventanas de madera ocultando los rayos del Sol, hacía falta prender la luz.
- Qué venía a contarme comadre. – dijo la dueña de la casa, de pie, con el vaso en la mano.
- Siéntese comadrita. Yo aqui, ya sabe, que vengo a incomodarla. Es que no sabe usted como desde el sábado que ocurrió la tragedia he tenido unos pensamientos terribles que ameritan confesión y pues no hay quien la escuche a una. Mire, fijese que el viernes por la noche, se me pasó avisarle al padre Teodoncio que el sábado por la mañana iba a venir mi hija de visita y no me iba a alcanzar el tiempo para llevarles el desayuno. En fin, que me atrevo a tocar ya como a la una a la casa y pues nadie me abre ¿verdad?, entonces me meto con la charola con las enmoladas. El cura me había dado llave para momentos como ese. Bueno, pues ¿qué cree comadre?, yo no lo podia creer. Ahí, en el suelo de la sala de estar beso y beso el cura y Laureanito. – Carmen se desliza al sillon sin poder robar aliento para una palabra. – Pues ahi comadre, ahí me entró mucha rabia, mucho asco y que me da por ser la mano del señor y hacer justicia divina. Esos… pu…ercos eran el Diablo disfrazado de bondad. Que saco el cuchillo y pa pronto le doy al padre en la espalda dos, tres, cinco, no se cuantos y Laureanito ahi arrinconandose como queriendo irse ¿verdad? y que me le aviento y le doy sus piquetes, como para picarle el alma. Ya después, me sentí bien mal pero pues no iba a ser yo la que pagara por sus porquerias, entonces que me llevo unos cubiertos y unos candelabros para que pensaran que los robaron. Yo se Carmencita, ya vi tu cara de medio muerta, yo se que no estuvo bien pero es que me ardió el pecho de ver tanto pecado. Desde el sábado en la madrugada me lo ando callando y me urgía confesarme. – La habitación se decoró de silencio, incomodidad y sollozos frios y secos.
- Sagrario. –
- ¿Qué pasó comadre? –
- ¿Los candelabras son esos de oro que siempre me gustaron?
- Si comadre.
- ¿Ya oyó que tienen arrestados a los sospechosos?


César Baqueiro     enero 2017

jueves, 11 de diciembre de 2014

Sol de invierno



Es hermoso este sol de invierno que se empeña en parecer una perene madrugada. Ésta época, en la que el aire cala y se adhiere y el viento se disfraza como ocultando algo, como cerrando un trámite con el tiempo, como si pusiera a tono la nostalgia. Ésta época de tirar la caña al río y pescar recuerdos tirantes, apretados, divinos, dolorosos. Ésta época es mi época, es mi suerte de hielo, mi espejismo de resguardo en el que hilvano mis certezas. Es con este hermoso sol, que descubro mi propia naturaleza y caigo en cuenta que cada año renazco.
Con el frio de diciembre, mi piel se endurece y se cubre de el mismo manto con el que los gusanos se transforman.  Y a momentos me siento triste, y a momentos inspirado y a momentos me cuestiono y doy tiempo al tiempo para planear mi primavera.
Te escribo, sabiendo que lo hago por intento y por no perderme, pero también se que lo hago porque no se hacer otra cosa. Estoy seguro que si otros leen esto, refutarán falsedad en mis palabras al verbalizar una inutilidad a excepción de la escritura. Se que tu me entiendes. Se que entiendes que uno percibe que sabe cuando hace lo que le motiva a seguir con vida. Para mi escribir es crear y crearme.
Me dices que extrañas al amigo, ese que se fue a beber un café con Dios. Yo también lo extraño, también me extraño de extrañarme. También me extrañó regresar.
Si bien dicen que no hay soledad mas grande que la que no se busca, también es cierto que uno puede percibirla cuando, sin querer, se encuentra abandonando su poesía, su pasión, su mirada.

Es hermoso este sol de invierno, tímido, que toma una distancia segura, observador. Es hermosa la luz que proyecta en las paredes, en las traslúcidas cortinas de la casa, en las fiestas, en la tinta. Es lo mas cercano a tener un contacto con lo divino y quizá es lo mas cercano a tener un contacto con mi ser. La escenografía de invierno nos acerca a la audiencia del destino. Y ya en tono reiterativo, ¡es hermoso este sol de invierno porque siendo el mismo sol del año, hoy se viste de poesía!                          César Baqueiro